Hace pocos días estaba navegando por la desembocadura del Clyde cuando fui testigo de una escena que jamás olvidaré.
Nuestro vapor colisionó con una pequeña embarcación de pesca, chocando contra su costado, por lo que comenzó a anegarse. A bordo de la embarcación pequeña había dos pescadores. Uno de ellos era un anciano, y su sombrero había caído al agua a consecuencia del choque. Su gris cabellera flotaba al viento, y extendió las manos hacia el vapor, pidiendo socorro de la manera más patética; mientras, su compañero intentaba con todas sus fuerzas achicar el agua que estaba anegando y hundiendo su pequeña embarcación. Fue realmente una escena solemne. Dos almas inmortales estaban temblando al mismo borde de la eternidad. No se podía perder un solo momento. Tan rápidos como el pensamiento, los marineros de a bordo arriaron el bote salvavidas, y remaron rápidamente hacia los náufragos, mientras que todos en cubierta lo observábamos conteniendo el aliento. Nunca había visto yo nada tan solemne o interesante. Cada segundo parecía una hora mientras los marineros bogaban hacia la barca que zozobraba. Felizmente, llegaron a ella justo en el momento en que se hundía, y subieron a los dos pobres pescadores a bordo.
¡Ah!, pensé entonces,




