Cristo En Todo En Todos (Moody)

Colosenses 3:11, Cristo es todo en todos para aquel que le ha encontrado.

Él es nuestro salvador, redentor, libertador, pastor, maestro, y ejerce en favor nuestro muchas otras funciones sobre las cuales deseo llamar vuestra atención.

1. Como nuestro Salvador

«El ángel del Señor les dijo: Dejad de temer, porque os traigo buenas noticias de gran gozo que serán para todo el pueblo; que os ha nacido hoy en la ciudad de David un salvador que es Cristo, el Señor.» Conocemos a Cristo como nuestro salvador, le vemos en el Calvario, le miramos como el Cordero de Dios sangrante, antes de conocerle como nuestro redentor, libertador y pastor. Ahora, poniendo los ojos sobre esta vasta asamblea, yo, que no conozco el corazón de las personas, no puedo saber si podéis decir que Cristo es vuestro salvador. Hay muchos, creo, que pueden decirlo y que se regocijan en su salvación, en tanto que, sin ser poco caritativo, temo que hay muchos que no conocen a Jesús personalmente como su Salvador.

Cristo se ofrece a cada uno hoy como Salvador:

«Dios lo ofreció gratuitamente a todos» para que por medio de Él podamos ser salvos. Si perteneces a este mundo puedo demostrarte que tienes un Salvador. Si perteneces a algún otro planeta entonces no puedo decir que se te ofrece un Salvador, porque no nos ha sido revelado si los habitantes de estos mundos distantes, si es que son habitados, requieren salvación o no. Pero esto lo sé muy bien, que a todo el que habita este globo se le ofrece un Salvador.

Salvación gratuita para todos

No simpatizo mucho con los que tratan de limitar la salvación de Dios a unos pocos. Creo que Cristo murió para todos los que acuden a Él. He recibido muchas cartas criticándome, diciendo que no creo en la doctrina de la elección. Yo creo en la elección, pero no es mi deber predicar esta doctrina al mundo. El mundo no tiene nada que ver con la elección; tiene que ver con la invitación: «Todo el que quiera puede tomar del agua de vida gratuitamente.» Este es el mensaje para el pecador. Se me ha enviado a predicar el evangelio a todos.

Después de haber recibido la salvación podemos hablar de la elección. Es una doctrina para los cristianos, para la Iglesia, no para los inconversos. Nuestro mensaje es «buenas noticias», que serán para todo el pueblo; que os ha nacido hoy un Salvador que es Cristo, el Señor». Este Salvador se ofrece a todos. Tu destino eterno depende de tu rechazo o aceptación del Salvador que se te ofrece. El caso es simple: se trata de dar y recibir. Dios da; yo recibo. Hemos de conocer, pues, a Cristo primero como nuestro Salvador.

2. Pero Él es más que esto. Es nuestro Redentor

Supongamos que un hombre cae al río y yo me lanzo al agua y lo salvo, por lo que soy su salvador, yo le he salvado. Pero una vez lo he traído a la ribera yo podría dejarle y no hacer nada más para él.

Pero el Señor hace más. No sólo nos salva, sino que nos redime; esto es, nos compra de nuevo. Él nos rescata del poder del pecado, como si yo prometiera vigilar a este hombre para siempre, para que no volviera a caer en el agua. El Señor no sólo nos salva de la muerte espiritual, sino que nos redime para siempre para que la muerte no vuelva a tocarnos.

Libertad para los cautivos

Cuando yo estuve en Richmond, Estados Unidos, los negros iban a celebrar una reunión. Era el primer día de su libertad. Fui a una Iglesia de negros y nunca antes o después he oído semejantes ráfagas de elocuencia nativa. « i Madre! », dijo uno, « regocíjate hoy. Tu hijito no va a ser vendido más; tu posteridad será libre para siempre. ¡Gloria a Dios en las alturas!.¡ Joven, no va a restallar más el látigo para ti, ya eres libre hoy! Muchacha, ya no tendrás que subir más al podio para que te subasten!» Lo proclamaban en voz bien alta, cantando de gozo; sus oraciones habían sido contestadas, era el evangelio para ellos.

De la misma manera Jesucristo proclama libertad a los cautivos. Algunos la han aceptado; algunos, como hicieron varios entre los negros, no pueden dar crédito a sus oídos, pero no por eso deja de ser verdad. Cristo ha venido para redimirnos de la esclavitud del pecado. Ahora, ¿quién va a aceptar esta redención? Había una mujer negra, criada de un mesón de los Estados del Sur, que no sabía si creer que era i re. «¿Soy libre o no lo soy?» preguntó a un visitante. Su amo le había dicho que no lo era, sus hermanos de raza le habían dicho que lo era. Hacía dos años que era libre sin saberlo. Esta mujer representa a muchos en la Iglesia de Dios hoy en día. Pueden tener libertad y, con todo, no lo saben.

3. Además, Cristo es nuestro libertador

Los hijos de Israel no sólo fueron salvador y redimidos de la servidumbre de los egipcios, sino que fueron librados para que no tuvieran que ser llevados otra vez a la esclavitud. Muchos tienen miedo; piensan que no podrían seguir y se retraen de hacer profesión de fe. Pero Cristo es poderoso para guardaros de caer; Él es poderoso para libraros en la hora oscura de la prueba y la tentación de todas las artimañas de Satán y de los lazos del cazador.

En Isaías 49:24 leemos: «Será quitado el botín al valiente. ¿Será rescatado el cautivo del victorioso? Pero así dice Jehová: Ciertamente el cautivo será rescatado del valiente y el botín será arrebatado del tirano; yo litigaré con tus litigadores y yo salvaré a tus hijos.» Yo los salvaré; yo les pondré en libertad. Los hijos de Israel habían sido salvados de la cruel esclavitud de Egipto, habían sido sacados de la tierra de Gosén, pero todavía no habían sido libertados del todo. Los poderosos ejércitos de los egipcios los perseguían. No fue hasta que hubieron pasado el mar Rojo a salvo que se cerró tras ellos, tragándose al enemigo, que pudieron decir que estaban libres, que habían sido libertados.

Y de modo semejante en nuestros tiempos de peligro hallaremos que esto es exactamente así con respecto a Cristo: «Él ha librado mi alma», y en Job 33:24: «Que le diga que Dios tuvo de él misericordia, que lo libró de descender al sepulcro, que halló redención; su carne se tornará como la de un niño, volverá a los días de su juventud. Orará a Dios éste le otorgará su favor. Verá su faz con júbilo y Él restaurará al hombre su justicia. Luego éste cantará entre los hombres y dirá: «Pequé y me desvié de lo recto, pero Dios no me ha hecho según lo que yo merecía; antes bien, ha librado a mi alma de pasar al sepulcro y mi vida ve la luz.» Aquí tenemos la salvación, la redención y la liberación del abismo. El hombre ha caído en el abismo profundo y es mantenido allí legítimamente cautivo por uno que es poderoso. Si ha de ser sacado de las tinieblas del abismo para ver la luz hay que rescatarle. Entonces viene Dios y dice: «He hallado rescate.» Cristo es el rescate y Él nos libertará. Haced resonar el grito: «Cristo es nuestro libertador.» Cristo es poderoso para salvar, Él es poderoso para libertarnos.

4, Un guía

Pero ahora necesitamos algo más. Si miramos Otra vez a los hijos de Israel cuando avanzaban gloriosamente a través del mar Rojo habían sido salvados, redimidos y libertados, pero ¿era esto todo lo que necesitaban? No. Ahora se hallaban en el desierto. ¿Qué es lo que necesitaban ahora? Necesitaban seguir alguna ruta en un desierto que carecía de caminos. Su situación requería un guía. En esta situación Cristo es el camino y el guía. ¿Estamos en dificultades, dudas o perplejidad? Cristo es nuestro camino. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 10).

He oído decir a algunos: «Bueno, si me convierto y me hago religioso no sé a qué Iglesia voy a afiliarme. ¡Hay tantas clases de Iglesias y denominaciones! Realmente no sé cuál es la mejor.» De ahí que algunas personas estén desconcertadas y no saben cuál es el verdadero camino. Bien, yo les diría: mirad a Aquel que dice: «Yo soy el camino»

Él es el único camino verdadero y si quieres llegar al reino basta con que le sigas. Puede que nos hallemos en la oscuridad, pero Él puede guiarnos por el buen camino. Él es el pastor de su rebaño.. Él va delante de nosotros y nos guía. Él nos llama para que nos pongamos de pie y le sigamos y Él nos guiará por un camino que nosotros no conocemos; Él nos guiará a pastos verdes y abundantes con sólo que le sigamos.

La columna de nube

Lo único que tenían que hacer los hijos de Israel era seguir la nube. Si la nube se paraba ellos se paraban; si la nube seguía adelante ellos avanzaban. Me parece que lo primero que hacía Moisés, cuando alboreaba, era mirar hacia arriba y observar si la nube se hallaba todavía sobre el campamento. De noche había una, columna de fuego que iluminaba el campamento y los llenaba del sentimiento del cuidado protector de Dios, pero de día era una columna de nube que los protegía de los ardientes rayos del sol y los resguardaba de la vista de sus enemigos.

El pastor de Israel podía guiarlos a través de un desierto sin caminos. ¿Por qué? Porque lo conocía, pues lo había hecho, cada uno de los granos de arena que lo formaban; era un mudo testigo del poder de Dios que los formó en los innumerables siglos del pasado. No podían contar con un guía mejor en el desierto que con su creador.

Y pecador, ¿puedes tú, en todas tus dificultades, dudas y temores, tener un mejor guía que Jehová? Oh, di con el antiguo himno: Peregrino en el desierto guíame gran Jehová. Yo soy débil, tú potente. Tu virtud me sostendrá. Nútreme con pan del cielo que alimento al alma da.

Sí, ésta es la verdadera oración del pecador perplejo. Dios es poderoso para guiarnos, y aún más, está dispuesto y deseoso de guiarnos y de alimentarnos. «Les diste pan del cielo en su hambre y en su sed les sacaste aguas de la peña» (Nehemías 10:5). Él es todavía poderoso para guiarnos como lo hizo hace cuatro mil años con los hijos de Israel: «Porque yo soy Jehová y no cambio.» A cada uno de nosotros nos dice: «No temas, yo te guiaré; yo seré tu redentor.» ¿No es una cosa maravillosa el tener a Dios que nos ayuda en el camino?

En nuestros países occidentales, cuando los hombres van a cazar en la espesura del bosque, donde no hay sendas ni caminos de ninguna clase, tienen que llevar un hacha y de vez en cuanto cortar la corteza de algún árbol en forma de muesca, para poder hallar el camino de vuelta por medio de estas señales. Y del mismo modo Cristo ha seguido el camino antes y lo conoce bien. Hay señales indicadoras y Él nos dice que lo sigamos, porque nos va a llevar sanos y salvos allá arriba.

5. Hasta ahora hemos visto a Cristo como nuestro salvador, redentor, libertador y guía o camino. Pero es más que esto aún; Cristo es nuestra luz

«Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.» Él es la misma «luz de la vida». Sí, cada cristiano tiene el privilegio de andar bajo un cielo despejado y sin nubes.

Pero ¿andamos todos realmente en un cielo sin nubes? No, muchos cristianos se hallan en la oscuridad con frecuencia. Si yo preguntara a los congregados aquí si andan todos en la luz creo que habría apenas uno, si hablara con el corazón en la mano, que no contestara: «No, yo ando a menudo en la oscuridad.» ¿Por qué? Porque no seguimos bastante de cerca a Cristo. Estamos muchas veces en las tinieblas cuando podríamos estar en la luz.

Supongamos que todas las ventanas de este edificio estuvieran cerradas y que nos quejáramos de estar a oscuras; ¿qué nos dirían? Bueno, nos dirían: «Dejad entrar la luz; abrid todas las ventanas y tendréis luz en abundancia.» De la misma forma tenemos que dejar entrar a Cristo, que es la luz, y abrir nuestra mente para recibirle y entonces andaremos en la luz. Hay mucha oscuridad en nuestros días, incluso en el corazón de los creyentes, el pueblo de Dios. Pero sigámosle y entonces tendremos luz a raudales. Entonces Cristo va a mostrar a cada uno que Él es la «luz», y aún hará más, Él va a hacer que nosotros irradiemos su luz, de modo que también brillemos como luces en este mundo oscuro.

Que Dios nos ayude a los suyos a irradiar su brillo para ahuyentar las tinieblas, para que los hombres puedan darse cuenta de que hemos estado con Jesús. Pero recordemos, el mundo detesta la luz. Cristo era la luz del mundo y el mundo procuró extinguirla en el Calvario. Ahora ha dejado a su pueblo para que brille. «Vosotros sois la luz del mundo.» Él nos ha dejado a nosotros para que brillemos. Él quiere que seamos «epístolas vivas, conocidas y leídas por todos». El mundo nos está observando y lee en ti y en mí. Si somos inconsecuentes entonces podemos estar seguros de que el mundo va a tropezar a causa de nosotros.

El mundo halla muchas dificultades’ en el camino; procuremos nosotros, los cristianos, no añadir piedras de tropiezo andando en forma impropia de un cristiano. Dios nos ayude a mantener nuestras luces ardiendo con claridad y dando brillo. Allá, en el Oeste de los Estados Unidos, un amigo mío estaba andando por la calle una noche oscura cuando vio que se acercaba un hombre con una linterna. Al pasar por su lado notó, por la luz brillante de la linterna, que el hombre tenía los párpados pegados a los ojos. Le sorprendió el hecho y se dijo: «Sin duda este hombre es ciego.» Se volvió y le preguntó: «Amigo, ¿es usted ciego?» «sí.» Entonces ¿por qué lleva la linterna?» Llevo la linterna para que los demás no tropiecen conmigo, naturalmente», contestó el ciego. Aprendamos una lección de este ciego y mantengamos en algo nuestra luz, ardiendo con el resplandor claro del cielo para que los demás no tropiecen con nosotros.

6. Los contradictores han dicho que el que los cristianos sean luces en el camino es una tontería. Que digan lo que quieran, pero esto nosotros lo creemos; reflejamos la luz de Cristo.

La luz reflejada

Tal como la luz de la luna es prestada, la nuestra lo es también. Cuando vivimos a la luz de nuestro Salvador brillamos con su luz; algo así como el rostro de Moisés cuando brillaba después de haber estado en el monte con Dios. Vivamos en una atmósfera del cielo y no podremos por menos que brillar. Pero cuando estamos abatidos y débiles en la fe, entonces podemos estar seguros de que no damos luz.

Recuerdo una reunión de oración celebrada durante la guerra civil norteamericana. Todos estábamos en la más densa oscuridad. Las cosas iban contra nosotros entonces. Al fin un anciano se levantó y dijo: «¿Qué nos pasa, por qué estamos tristes y alicaídos?» Es simplemente por falta de fe. Moisés, Josué y David eran hombres fuertes en fe. Creían y Dios los honraba. ¿]?e dónde nos viene esta falta de fe? Dios no ha muerto. El es tan poderoso y está tan dispuesto a ayudarnos como siempre. ¿Por qué, pues, no estamos llenos de fe en Él? Es una deshonra para Dios el olvidarnos de que Él es todavía el que lleva el mando, aunque nuestros ejércitos sean derrotados un día y otro en esta guerra de liberación de nuestros hermanos negros, que hemos emprendido y todo parezca lúgubre y sombrío

Sube por encima de las nubes

Os diré lo que me ocurrió hace algún tiempo cuando estaba en el Oeste. Quería subir a la cima de una montaña. Me habían dicho que la salida del sol era muy hermosa vista desde la cumbre. Subimos hasta el refugio una tarde, donde teníamos que descansar hasta la media noche y entonces emprender la marcha hacia la cumbre. A la hora se juntó un grupo que echó a andar con un buen guía. Antes de poco comenzó a llover y luego cayó sobre nosotros una tormenta de truenos y relámpagos. Yo pensé que no valía la pena seguir avanzando y le dije al guía: «Me parece que haríamos mejor regresando; no vamos a ver nada esta mañana, todo serán nubes. » « Oh »,, dijo el guía, « espero que nos vamos a encontrar pronto más arriba de las nubes y entonces la vista será preciosa.» Y así seguimos, en tanto que los truenos resonaban por nuestros oídos. Pero pronto empezamos a pasar el nivel de las nubes y entonces la vista será preciosa». Y así seguimos en tanto que los truenos resonaban por nuestros oídos. Pero pronto empezamos a pasar el nivel de las nubes; el aire era claro y antes de verse el sol las cumbres ya estaban teñidas de arrebol por sus rayos; luego, cuando el sol apareció desde las alturas pudimos ver la espesa capa de, nubes debajo a media altura de la montaña. Esto es lo que quiere el pueblo de Dios: llegar a la atmósfera despejada por encima de las nubes y subir más alto hacia la cumbre de la montaña. Allí vais a ver los primeros rayos del sol de justicia, mucho más arriba de las nubes y las nieblas. Es posible que algunos aquí os halléis en la oscuridad, pero no temáis, subid más arriba, acercáos al Maestro y pronto podréis ver los brillantes rayos en vuestra propia alma que reflejan luz a los otros.

Ten las luces inferiores ardiendo.

Hemos de vivir como los hijos de la luz, no como hijos de las tinieblas.

Si nos mostramos sombríos y apenados, ¿cómo va a conocer el mundo que somos hijos de paz, de gozo y de alegría? Hemos de mantener nuestras lámparas ardiendo. Hace algunos años, en la boca del puerto de Cleveland, había dos luces, una a cada lado de la bahía, llamadas las luces superior e inferior, y para entrar en e puerto de noche sin peligro los barcos debían tener las dos luces a la vista. Los lagos del Oeste son más peligrosos a veces que el mismo océano. Una noche tempestuosa un vapor trataba de entrar en el puerto. El capitán y el piloto observaban ansiosamente las luces. De vez en cuando el piloto decía: «¿Ves las luces inferiores?» «No», era la respuesta. «Me temo que las hayamos pasado.» Por fin dijo el piloto: «Ah, allí hay luces, pero tienen que ser las superiores a juzgar por el peñasco en el cual se encuentran. Si es así hemos pasados las luces inferiores y se nos ha escapado la oportunidad de entrar en el puerto.» ¿Qué había que hacer? Mirando hacia atrás distinguieron el perfil del faro inferior destacándose en el cielo cuya luz estaba apagada. «¿No puedes dar media vuelta?» «No, el mar está demasiado agitado. El barco no va a obedecer al timón.» La borrasca no amainaba y no podían hacer nada. Trataron de seguir adelante y de entrar en el puerto, pero se estrellaron contra las rocas y se hundieron. Pocos escaparon; la mayoría hallaron su tumba en el agua. ¿Por qué? Porque las luces inferiores se habían apagado.

Por lo que respecta a nosotros las luces superiores están en perfecto orden. Cristo mismo es la luz superior nosotros somos las luces inferiores y lo que nos corresponde es mantener las luces inferiores ardiendo, esto es lo que tenemos que hacer. En el lugar en que nos ha puesto Dios Él espera que brillemos, que demos un testimonio vivo, que seamos luces resplandecientes. En tanto que estamos aquí nuestra labor es brillar por Cristo y Él nos llevará sanos y salvos a la orilla despejada de Canaán, donde no habrá más noche.

7. – Pero Cristo es más que nuestra luz en el camino, porque Él es nuestro Maestro

¡Qué maravilloso es tener un maestro enviado del cielo! «Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche y le será dada» (Santiago 1:5).

«Si alguno tiene falta de sabiduría.» Mucho me temo que somos muchos los que carecemos de sabiduría e incluso el – más capacitado, a veces, se encuentra perplejo. Hay momentos en la vida en que estamos en apuros, en un atasco, y decimos: «¿Qué voy a hacer? No sé que es mejor» ¡Oh, déjalo en las manos de Dios, Él es nuestro maestro!

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí.» Aquí tenemos a un maestro magnífico. Él hace muchos miles de años que enseña; ha tenido a hombres excelentes en su escuela, pero todavía hay lugar en ella para otro alumno. Su escuela no está llena todavía y el maestro ha venido del cielo. Todo aquel que está presente en esta asamblea puede entrar en esta escuela. Jesús le da la bienvenida. Si estás en duda acerca de algo preguntáselo a Jesús; Él te dirá lo que has de hacer.

Pecador ansioso, busca al buen Maestro, como hizo Nicodemo: «Rabi, sabemos que has venido de Dios como maestro.» Si le buscas Él te guiará; Él te llevará a verdes pastos y a aguas sosegadas. Conocí a una mujer el otro día que estaba llena de dudas y fantasías que hacían de ella una incrédula. No podía creer. La lectura de varias obras de ateos la había sumido en una densa oscuridad mental. Me puso triste el verla en una situación semejante. Algunos aquí pueden hallarse como ella. Quisiera que tomárais a Cristo como vuestro maestro y entonces la oscuridad desaparecería.

Cristo puede enseñarnos. Ved cómo enseñó a los discípulos. Nunca se cansaba de enseñarles. Así, pues, también va a enseñarnos a nosotros si le escuchamos.

El viejo juez convertido

Recuerdo que cuando iba a salir para ir a la reunión de oración diaria en una de nuestras ciudades en los Estados Unidos, hace algunos años, vino a verme una señora para hablar conmigo. Su voz temblaba de emoción y vi al instante que se hallaba angustiada seriamente por algo. Me dijo que hacía bastante tiempo que oraba por su marido y quería saber si yo podía ir a verle; ella creía que esto le ayudaría. «¿Cómo se llama? » «Juez X.», y mencionó a uno de los políticos más eminentes de aquel estado. «Ya he oído hablar de él», dije, «mucho me temo que no valga la pena ir, pues es un incrédulo rematado, no puedo discutir con él». «No es esto lo que quiere», dijo la señora. Ya ha tenido demasiadas disputas. Vaya y háblele de su alma. Dije que iría, pero no tenía muchas esperanzas. Fui a su casa y me hicieron entrar en su despacho y me presenté diciendo que había ido a hablarle de su salvación. «Pues ha venido para perder el tiempo», me dijo, «le han sonsacado. Es inútil venir a atacarme. Estoy hecho a prueba de bomba contra estas cosas; no creo en ellas».

Como es natural vi que no iba a servir de nada el discutir con él, así que le dije: «Voy a orar por usted y quisiera que me prometiera que cuando se convierta me lo diga.» «Oh, eso sí, ya se lo diré», me contestó burlón. «Ya se lo diré cuando me haya convertido.» Le dejé, pero seguí orando por él. Algún tiempo después oí que el viejo juez se había convertido. Estaba predicando otra vez en aquella ciudad después de esto, después de la predicación vino a verme el juez personalmente y me dijo: «Pues he venido a decírselo. ¿No lo sabía ya?» «Sí, pero me gustaría saber cómo ocurrió.» «Bueno», dijo el juez, «una noche, después que usted vino a verme, mi esposa había ido a la reunión; no había en la casa sino los criados. Me senté junto al fuego, en la sala, y empecé a pensar: Supongamos que mi esposa tiene razón y que hay cielo e infierno; y supongamos que ella va directamente al cielo, ¿cuál es mi situación? ¿adónde iré yo? Dejé la idea. Pero al poco vino otra: Sin duda el que me creó puede enseñarme. Sí, pensé, eso es seguro. Entonces ¿por qué no le pides que te enseñe? Luché contra esta idea, pero al fin, aunque era orgulloso en extremo, me puse de rodillas y dije simplemente: «Padre, todo está a oscuras; tú, que me creaste, puedes enseñarme.»

Sin saber por qué cuanto más oraba peor me sentía. Estaba muy triste. No quería que cuando mi esposa regresara a casa me encontrara en estas condiciones, así que me fui a la cama y cuando ella entró en la habitación hice ver que dormía. Ella se arrodilló y oró. Yo sabía que oraba por mí y que durante años había venido haciéndolo. Sentí el impulso de dar un salto y arrodillarme a su lado, pero no, mi orgullo no me lo permitió, así que me quedé quieto, haciendo ver que dormía. Pero no pude dormir aquella noche. Entonces hice una nueva oración que era: «Oh, Dios, sálvame; quítame esta carga terrible.»

No creía en Cristo todavía. Pensaba que debía ir directamente al Padre. Pero cuando más oraba más desgraciado me sentía; mi carga se hacía más pesada. Al día siguiente, por la mañana, no quería ver a mi esposa, así que dije que no me encontraba muy bien y que no bajaría para el desayuno. Fui al despacho y cuando vino el muchacho le di un día de fiesta. Cuando vinieron los escribientes les dije que ya podían volver a su casa, que aquel día no se trabajaba. Cerré las puertas del despacho; quería estar a solas con Dios.

Estaba casi frenético en la agonía de mi corazón. Clamé a Dios para que me quitara aquella carga de pecado. Al fin caí, de rodillas, y clamé: «Por amor de Jesucristo, quítame esta carga de pecado.» Al fin fui a ver al pastor de mi esposa, el cual había estado orando con ella por mi conversión durante años y el mismo ministro que había orado con mi madre antes de que ella muriera. Al ir calle abajo me vino a la mente el versículo que mi madre me había enseñado: «Todo lo que rogáis y pedís creed que lo estáis recibiendo y lo tendréis.» Bien, pensé, he pedido algo a Dios -y ahora voy a ver a un hombre para pedirle a él? No iré. Creo que soy un cristiano. Y me fui a casa. Mi esposa estaba en el vestíbulo cuando entré. La cogí de la mano y le dije: «Ahora soy un cristiano.» Ella se puso pálida; hacía veintiún años que oraba por mí y ahora le costaba creer que había recibido la respuesta. Fuimos a nuestra habitación y nos arrodillamos al lado de la misma cama donde ella había orado con tanta frecuencia por mí. Allí levantamos nuestro altar de familia y por primera vez nuestras voces se unieron en oración. Me basta con decir que los últimos tres meses han sido los más felices de mi vida.»

A partir de entonces este juez ha vivido una vida cristiana consecuente y todo porque fue a Dios pidiéndole que le guiara.

Si hay alguno aquí cuya mente esté llena de ideas de incredulidad vaya con sinceridad a Dios y Él le enseñará el camino recto por el desierto oscuro de la incredulidad. No le dejará en las tinieblas de la duda. La labor del diablo es llevar a los hombres a estas dudas; el diablo sabe bien que una vez los ha llevado allí son presa segura.

Si la obra de Satán es mantenerte en la ignorancia y la duda, la obra de Dios es enseñarte. El maestro es Cristo; Él ha sido designado por Dios para esta obra. ¡Que Dios nos guíe a todos a aceptarle como nuestro maestro!

8. Hasta ahora hemos visto a Cristo como nuestro salvador, redentor, libertador, guía, luz y maestro. Pero todavía nos falta algo; es verle como nuestro pastor

Para mí es un pensamiento muy dulce el de David: «Jehová es mi pastor; nada me faltará.» No hay nadie aquí, excepto los niños más pequeños, que no entiendan cuál es la labor de un pastor. Vigila el rebaño, los protege de peligro, los apacienta y los leva a prados verdes. De hecho el salmo 23 es precisamente una lista de los deberes de un buen pastor: «Jehová es mi pastor; nada me faltará», etc.

¿Necesitáis ser alimentados? ¿Estáis vagando en busca de algo que satisfaga los anhelos de vuestra alma? Entonces os digo que excepto en Cristo nunca hallaréis nada que satisfaga esta necesidad de vuestro corazón. Él mundo no puede y nunca ha podido satisfacer a un alma hambrienta. El Señor Jesús puede, él es el pastor bueno y fiel. Él procura restaurar tu alma, por caminos de justicia. Incluso a la hora de la n El te llevará a salvo, a través de las sombras, a un país mejor. Madre, padre, ¿lo reclamarás como tu pastor? Joven, muchacha, ¿quieres que sea tu pastor? Niño, ¿quieres tener a Jesús como tu pastor? El va a guiarte con ternura y tú estarás seguro.

Todos podéis tenerle como pastor si queréis. Porque «Dios da en abundancia y gratuitamente a todos» y El puede añadirnos a su rebaño. Él os guiará a lo largo de la vida hasta las riberas del Jordán; Él os acompañará a través del río oscuro a su reino. Él es un pastor tierno y amante.

A veces veo a personas en la sala de interesados que albergan sentimientos amargos y duros contra Dios, generalmente porque han sufrido aflicciones. Una madre me dijo el otro día: «Ah, Mr. Moody, Dios ha sido injusto conmigo; se ha llevado a mi hijo.» Queridas madres afligidas, ¿no se ha llevado Dios a vuestros hijos a una vida pura y feliz? Es posible que no lo entendáis ahora, pero lo entenderéis después. Él quiere guiaros allá arriba.

El pastor oriental

Un amigo mío que ha visitado las tierras del Oriente me contó que había visto a un pastor que quería que su rebaño cruzara el riachuelo. Él se metió primero en el agua y llamó a las ovejas, pero éstas no querían seguirle metiéndose en el agua. ¿Qué hizo entonces? Se ciñó hasta los lomos y agarrando un par de corderitos y poniéndoselos uno bajo cada brazo se metió en la corriente y la atravesó sin mirar atrás tan sólo. Cuando él levantó los corderitos las ovejas le miraron y empezaron a bailar, pero cuando se metió en el agua se lanzaron tras él y entonces siguió todo el rebaño. Cuando llegaron al otro lado puso a los corderos otra vez en el suelo; los corderitos buscaron cada uno a su madre y se arrimaron a ella; fue un encuentro feliz.

Mi amigo me dijo que había notado que los pastos al otro lado del río eran mucho mejores y lozanos y por esto el pastor hizo cruzar a las ovejas el riachuelo. Nuestro . gran pastor de Palestina hace esto. El niño que ha sido quitado de la tierra ha sido llevado a los pastos verdes de Canaán y el pastor quiere con ello atraer vuestro corazón y enseñaros a «poner vuestros afectos en las cosas de arriba». Cuando Él se ha llevado a vuestra pequeña María o Edita o Julia acéptalo como una llamada para mirar hacia arriba, al más allá. Madre que estás llorando amargas lágrimas por tu pequeño, ¡no llores! Tu hijo ha ido al lugar en que no existen lágrimas ni penas. ¿Querrías que volviera? Sin duda está mejor donde está.

Cristo es nuestro pastor, fiel y amante. Aunque la enfermedad o la aflicción o la misma muerte entren en tu casa y se lleven a algún deudo no son perdidos, nos han precedido. Dios nos ayude a tenerle a Él como nuestro pastor.

Si el tiempo lo permitiera me gustaría hablar del tema de Cristo como nuestra justificación, nuestra sabiduría, nuestra justicia, como amigo más íntimo que un hermano, pero se necesitaría toda una eternidad para decir lo que Cristo es para su pueblo y lo que hace por ellos.

Recuerdo. que después de haber predicado sobre este tema en Escocia, terminado el sermón, le dije a un hombre que «me sabía mal no poder terminar el tema por falta de tiempo». «Terminar el tema» me dijo el escocés, «usted necesitaría toda la eternidad y aún no podría completarlo; ésta será la ocupación que tendremos en el cielo».

9. Demos una mirada a Cristo como el portador de nuestras carga

¡Oh!, me gustaría hablar de Él como el portador de nuestras cargas, así como el portador de nuestros pecados. Él lleva nuestros pecados, aunque sean tan numerosos como los cabellos de nuestra cabeza. Grandes y terribles son estas cargas que Dios ha puesto sobre Jesús.

«¡Oh, Cristo, qué cargas inclinan tu cabeza! ¡Nuestra pesada carga se halla sobre ti!

Este aspecto de la obra de Cristo como portador de nuestras cargas ya ha sido considerado al hablar de su obra como salvador y redentor. Pero ahora quiero hablar de un pensamiento dulce que ha sido de gran consuelo para mí.

«Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores.» ¿No es algo glorioso el conocer a un salvador semejante? ¿No puedes notar que Él ha levantado la carga que tenías sobre las espaldas y la ha puesto sobre las suyas? Después te has sentido aliviado en tu corazón.

El corazón alegre y ligero

En una ocasión, después de haber hablado de esto, vino a verme una mujer y me dijo: «Oh, Mr. Moody, está muy bien hablar así, de un corazón alegre y ligero. Pero usted es un joven y si llevara una carga pesada como la mía hablaría de otro modo. No podría usted hablar de esta manera, mi carga es demasiado » Le contesté: «Pero no lo es para Jesús.»

« ¡Oh! », replicó, « no puedo echarla sobre El ¿Por qué no?, es imposible que sea demasiado grande para El. No será porque Él es débil, sino que porque usted no se la deja llevar. La gente se abraza al fardo de su carga y después se quejan de ella. Lo que el Señor quiere es que le deje a El la carga y que Él la lleve. Entonces tendrá un corazón alegre y ligero, la pena huirá y no habrá gemidos. ¿Cuál es esta carga que no puede dejar llevar a Cristo?» Ella me contestó: «Tengo un hijo que se marchó de casa y no sé dónde se halla. Sólo Dios lo sabe.» «¿No puede Dios hallarle y devolvérselo?» Supongo que puede hacerlo.» «Entonces vaya a Jesús y pídale que le perdone por haber dudado de su poder y su buena voluntad para hacerlo; no tiene derecho a desconfiar de Él. – Ella se fue muy consolada y creo que finalmente el hijo le fue restaurado.

La oración de una madre contestada

Esta circunstancia me recuerda a unos padres muy cuyo hijo mayor se había piadosos en nuestro país trasladado a Chicago para ocupar un empleo. Un vecino del pueblo en que vivían los padres fue a la ciudad por negocios y se encontró con el joven tambaleándose por las calle, borracho. Pensó: «¿Cómo voy a decírselo a sus padres?» Cuando regresó a su pueblo visitó al padre y se lo dijo. Esto fue un golpe terrible para el padre, pero no dijo nada a su esposa hasta que los pequeños estuvieron en la cama; los criados se habían retirado y todo estaba en silencio en la finca, en la pradera del Oeste. Entonces se sentó junto a ella en la sala al lado de la mesa, y le dio la noticia. «A nuestro hijo le han visto por las calles de Chicago.» La madre sufrió mucho y no puedo dormir en toda la noche, que pasó en ferviente oración por el hijo.

Al amanecer la madre sintió la convicción interna de que todo iría bien. Le dijo a su esposo «que ella había puesto la carga sobre el Señor y había dejado a su hijo con Jesús y que Él lo salvaría». Una semana después el joven salió de Chicago, hizo el viaje de trescientas millas hacia su casa y cuando llegó a ella dijo: «Madre, he venido a casa para pedirte que ores por mí.» ¡Ah!, la oración de la madre . había llegado al cielo; ella había depositado su carga sobre Jesús y Él la había llevado por ella. Él tomó la carga, presentó la oración rociada con su sangre expiatorio y obtuvo la respuesta. A los dos días el joven regresó a Chicago regocijándose en el salvador. ¡Qué maravilla es tener a Cristo como el portador de nuestras cargas¡ ¡Qué fácil, qué ligeras se vuelven nuestras cargas cuando las depositamos sobre Él!

¿Dices que Cristo no es nada para ti? Si es así es porque no quieres hacerle tuyo. Él es para todos los que lo aceptan un salvador de la muerte, un redentor del poder del pecado, un libertador de los enemigos, un guía por el desierto; Él es el mismo camino, la luz en la oscuridad, Él es un maestro para los suyos, el pastor de su rebaño, nuestra justificación, sabiduría, justicia, el hermano mayor, el portador de nuestras cargas. De hecho lo es «todo en todos».

Ven, pues, a Jesucristo; hoy mismo ven; el Padre, el Hijo y el Espíritu lo dicen y la Esposa repite la llamada, porque Él va a limpiar todas tus manchas. Su amor va a suavizar todas tus penas, pues Cristo es todo en todos.


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