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(Tomado de Revista UNILIT)
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(Tomado de Revista UNILIT)
EN CADA BANCA SE SIENTA UN CORAZÓN PARTIDO
Por Ruth Graham
Iba conduciendo cuesta arriba por la empinada ladera hacia la casa de mis padres, al oeste de Carolina del Norte, sin saber si me darían la bienvenida o me rechazarían. Estaba afligida por las decisiones que había tomado. Terca y obstinada, seguí mi propio camino y ahora tendría que enfrentar las consecuencias. Había causado dolor a mis hijos y a mis seres queridos. Temía haber avergonzado a mis padres. Aparentemente, mi mundo estaba hecho trizas. Sentía una vergüenza casi insoportable. Hacía dieciséis horas que venía conduciendo desde el sur del estado de Florida, haciendo una parada para recoger a mi hija menor del internado, y ahora estaba cansada y ansiosa. La familiaridad del paisaje de mi niñez de poco servía para aplacar mis temores. En febrero, el aire de la montaña era límpido y fresco. Los árboles sin hojas —arces, álamos y robles— que bordeaban el camino a la casa de mis padres ofrecían una vista espectacular en esta época del año, pero estaba demasiado absorta en mis pensamientos para disfrutarla.
¿Cómo sería mi vida de ahora en adelante?